Murió el handoff, esa ceremonia por la que el diseñador empaquetaba sus pantallas y las lanzaba por encima del muro al equipo de desarrollo. Tenía dieciocho años.
Nació para poner orden entre dos oficios que no se hablaban y acabó siendo el ritual donde se perdían la mitad de las decisiones: el porqué se quedaba en la cabeza del diseñador, y al otro lado del muro llegaba solo el qué. Le sobrevive el sistema legible, que ya no necesita que nadie traduzca nada porque la decisión vive escrita en los datos.
No habrá flores. Pero sí una lección: lo que matamos no fue la colaboración, fue la traducción con pérdidas.
Fuentes
Pieza del Instituto; sin fuente externa.
A seguir
Redactado con ayuda de IA, contrastado contra su fuente y firmado por Joan Arbó.